BRUMA
Cristóbal Prado Pizarro
El veterinario anterior desapareció un martes. Dejó la llave bajo el macetero y una caja de cassettes "para el que venga".Cristóbal tiene 31 años, cinco de ellos atendiendo perritos de bolsillo en Las Condes, y acaba de llegar a una clínica veterinaria perdida en la costa de Chiloé. Su primera noche lo mandan a salvar una vaca que, según la meica del pueblo, está ojeada. Le pagan con una gallina. Y de vuelta a casa, caminando junto al mar, ve un barco todo iluminado, con música de fiesta, donde no debería haber ningún barco.En Bruma, cada caso es veterinaria real.